Encuentro
Jesús Manuel Navamuel Toribio - 2004-01-15

Las hojas crujían bajo sus pies; la pendiente le empujaba a correr hacia abajo, pero retenía su impulso para sentir, una vez más, la quietud de la tarde.
El aire envolvía inmóvil los árboles y las rocas, y un silencio lleno de murmullos ascendía desde el río.
Se sentó en una piedra, a unos diez metros del agua. No supo muy bien por qué lo hizo. Poco a poco se sumió en un estado de anajenamiento. Los ojos, abiertos, no miraban a ninguna parte; oía claramente los ruidos adormecedores del agua hasta que ese mismo ruido pasó a formar parte del silencio. Sentía cómo el aire, tibio y fresco a la vez, aun estando inmóvil, acariciaba la piel de su cara hasta fundirse con ella.
Quizá fue lo que ocurrió después lo que le hizo reflexionar sobre ese momento previo. En realidad nunca lo supo del todo. Pero creyó sentir cómo todo su ser se deshacía dulcemente al compás del atardecer. A medida que la luz se tamizaba hacia el azul entre las hayas y los abedules; a medida que del suelo y del musgo de las piedras notaba elevarse un hondo suspiro por el frescor de la tarde, sintió que su cuerpo y su alma dejaban de ser suyos, que su respiración y los latidos de su corazón se acompasaban con los del monte y que se convertía por momentos en un árbol más.
El tiempo dejó de existir hasta que una voz prudente le recordó que tenía que subir agua para preparar la cena.
Al levantarse su pie rompió una rama seca que estalló como un disparo...
Entonces lo vio...
Un súbito crujido de agua, piedras y ramas orientó sus ojos río arriba y, de pronto, surgiendo como un relámpago entre las ramas bajas de las hayas, divisó un corzo joven que ascendía por la ladera de la montaña con saltos imposibles, los músculos en tensión, el cuello anhelante, casi una sombra rasgando la tarde con su miedo animal.
De repente un impulso, un empujón gigantesco de no se sabe qué fuerza extraña, le llevó a correr enloquecido hacia la orilla del río de la que había salido el corzo...
¡Y allí estaba!
En un pequeño banco de arena que la corriente había formado junto a un remanso vio la huella de una pezuña orientada hacia el agua.
Se arrodilló en la misma huella, las manos dentro del agua. Hundió su cara en el remanso y se bebió, en sorbos lentos y pausados, al corzo, al bosque, al monte y a la tarde.
Tenía diecisiete años y allí, en ese momento, empezó a saber quién quería ser.
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