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LA MUJER ÁRBOL
El País - 2004-11-15



Plantando

“En los últimos 25 años, Maathai ha contribuido a plantar 20 millones de árboles en Kenia y a generar ingresos para 50.000 mujeres pobres”.



Wangari Maathai tiene 64 años y acaba de conseguir el Premio Nobel de la Paz. Bióloga, ministra, una de las primeras mujeres africanas en conseguir un doctorado, es, sobre todo, la creadora del Movimiento Cinturón Verde, de Kenia, que busca la reforestación del país y dar un trabajo digno a 50.000 mujeres. Ésta es su historia de pasión y lucha.





El juez tenía razón. Wangari Maathai era en 1980 “cabezota, triunfadora, con mucho nivel educativo, demasiado fuerte y muy difícil de controlar”. Todavía hoy lo es. Y si no lo hubiera sido entonces, no habría osado rebatir al magistrado y hacerle notar que era un disparate que dichos atributos, referidos textualmente en la sentencia, sirvieran de base para conceder un divorcio, en ese caso el suyo. “Le dije que si había llegado a esa conclusión era porque era un corrupto, y muchos jueces lo eran, o un incompetente. Me mandó a la cárcel, claro. Por desacato. Me dio seis meses, pero estuve muy poco tiempo”.



No fue la última vez que acabó entre rejas. En los últimos 25 años, Maathai ha contribuido a plantar 20 millones de árboles en Kenia y a generar ingresos para 50.000 mujeres pobres, pero también se ha enfrentado al poder y a la policía, y ha sido golpeada y detenida, aunque siempre por periodos cortos.



“Obstáculos en el camino”. Así es como esta mujer de piel negra, negrísima, imposiblemente joven para sus 64 años, llama a las dificultades que ha ido encontrando en su recorrido; una trayectoria que le ha llevado a convertirse en la primera mujer africana –y la duodécima en el mundo– en obtener el Premio Nobel de la Paz. “Todavía me estoy pellizcando tratando de convencerme de que es verdad y que soy yo”, dice sobre la concesión del premio.



A Maathai le dieron la noticia mientras estaba trabajando en Nyeri, su localidad natal, una ciudad situada a 150 kilómetros de Nairobi, en un enclave privilegiado: frente al monte Kenia, el segundo pico más alto de África, y junto a la sierra de Aberdares. Para celebrarlo plantó un árbol allí mismo. “Las montañas han sido fuente de inspiración a lo largo de la historia. Para la gente que vive cerca del monte Kenia, ésa es su montaña, incluso creen que Dios vive allí. Cuando yo la contempo siento como si me mirara y me dijera: me están violando; sé que desde la distancia todo parece muy tranquilo, pero mis árboles están siendo cortados, mi nieve se derrite, mis ríos se vacían, no tengo nada que ofrecer; ¿no puedes hacer algo?”.



Maathai lleva consigo una imagen de su infancia: un riachuelo al que acudía a recoger agua y a observar las plantas y los huevos de rana que flotaban en la corriente. Años después se secó. “Pero su recuerdo es muy preciado, me ha dado energía todo este tiempo, y cuando trabajo siempre tengo presente la visión de ese arroyo”. Sin embargo, en los años setenta, cuando estaba enseñando anatomía, “la última cosa que estaba en mi mente era el medio ambiente; tampoco me desperté un día y decidí hacerme activista, fue algo que surgió naturalmente”.



Digamos que… una cosa llevó a la otra. Eso explica que en la maleta vindicativa de Maathai se fueran incorporando la protección del medio ambiente, los derechos de las mujeres, la lucha contra la pobreza, la exigencia de democracia y la promoción de la paz, para, desde entonces, viajar inevitablemente juntas y revueltas.



Maathai se licenció en biología en Estados Unidos y amplió sus estudios en Alemania. Especializada en biología animal, fue contratada como profesora por la Universidad de Nairobi, donde enseñaría durante 15 años. Allí se convirtió en la primera mujer de África oriental en obtener un doctorado, en 1971, y en dirigir un departamento universitario, el de anatomía veterinaria.



Ya entonces comenzó a implicarse en batallas al margen de lo que era estrictamente su trabajo. Se unió a un grupo para combatir las interferencias políticas en la universidad y los ataques a la libertad de cátedra; ello le llevó a la Asociación de Mujeres Universitarias, para combatir la desigualdad y las diferencias de salario entre profesores y profesoras, y, representando a ésta, Wangari empezó su actividad en el Consejo Nacional de Mujeres, una organización que llegaría a presidir entre 1981 y 1987. “Me abrió un campo completamente nuevo y me confrontó con los problemas de las mujeres rurales, ya que muchas asociaciones del consejo eran de zonas rurales”.



Con el movimiento feminista en plena ebullición, y preparando la Conferencia Internacional de la Mujer de México (1975), Maathai pasó mucho tiempo discutiendo y escuchando las frustraciones de las mujeres. “Hablaban de cosas que yo vi que estaban relacionadas: inseguridad alimentaria, malnutrición; falta de agua, de leña y de ingresos. Les dije: si no tenéis leña, plantad árboles. 'Eso es el trabajo del guarda forestal', afirmaban. Y yo repuse que el guarda debía plantar en los bosques y terrenos públicos, pero ellas podían hacerlo en sus parcelas”.



El Movimiento Cinturón Verde (MCV) surgió así, en 1977, como una plataforma para crear grupos de mujeres que formasen y gestionasen viveros de semillas y plantaran los árboles en sus pequeñas huertas, dibujando un cinturón alrededor de ellas. Los árboles, que Wangari considera “símbolos de esperanza”, son así un medio para conseguir varios objetivos: leña, en un país pobre donde ésta es la principal fuente de energía para cocinar y calentarse; lluvia, atraída por los árboles, que riegue los campos; comida, nacida de los campos regados, que evite la malnutrición; agua para beber, provista por la lluvia. De paso, luchas contra la erosión del suelo, sensibilizas a la población sobre la necesidad de cuidar el medio ambiente, proporcionas ingresos a las mujeres y les devuelves una imagen positiva de sí mismas y de sus capacidades. No está mal. Para un árbol.



A finales de los años ochenta había 600 viveros operativos y más de 3.000 mujeres implicadas. Hoy son 6.000 los grupos que trabajan con el MCV, 3.000 los viveros y 35.000 las mujeres que los cuidan y se benefician de ellos.



Agosto de 2004. Es invierno al sur del ecuador y el monte Kenia está cubierto de nubes. Una caravana de vehículos asciende por caminos de tierra roja, recorriendo un extremo de la sierra de Aberdares. Cada cinco minutos, Wangari Maathai salta del todoterreno que lidera la comitiva y reúne a los presentes para explicarles cosas. “Cuando yo era pequeña, éste era un bosque muy espeso. Pero grandes extensiones fueron despejadas para la agricultura”. Lleva vestido africano y toga, mallas y unos botitas deportivas marca New Balance. “Estos montes son un punto de captación de agua para el río Tana, el más largo de Kenia, por lo que el impacto de lo que pasa aquí se siente hasta la costa”.



Maathai ha venido a presentar un proyecto piloto del MCV para reforestar 61 hectáreas de Aberdares con especies indígenas. La estrategia inicial del MCV de plantar árboles en terrenos privados ha dado paso a un objetivo más ambicioso: contribuir a repoblar bosques públicos. Pero el Gobierno de Kenia no tiene suficiente dinero para comprar el número de semillas necesario, y de momento, el MCV va a pagar por una parte de ellas.



El esquema es sencillo. Las mujeres producen las semillas y se las dan al guarda para que las transporte. Vienen ellas a plantarlas y cobran por el número de árboles que sobreviven al cabo de unos meses. A partir de ahí, su cuidado es tarea del Sevicio Forestal. “El precio que pagamos es simbólico, pero ayuda a las mujeres y también refuerza el sentimiento de que el bosque les pertenece”. Poco después, Maathai se reúne con los grupos locales para hacer entrega de los primeros cheques. Les habla en su idioma, el de la tribu kikuyu; respira entusiasmo, bromea y se ríe con ellos. Todos participan y exponen sus quejas: fundamentalmente no les gusta cobrar tan tarde, pero ella insiste en que el MCV no es millonario y no puede pagar por árboles que luego no sobreviven.



A la salida, Maathai se queda hablando con los lugareños. Llegará a comer a las 17.30. Se deja caer en la silla y suspira, pero se la ve contenta. “Ahora soy diputada. Los miembros del Parlamento son vistos como proveedores de todo, como salvadores. Esa mentalidad, heredada de los antiguos regímenes (las presidencias de Jomo Kenyatta y Daniel Arap Moi, desde la independencia, en el año 1963, hasta 2002), aún no ha desaparecido, y la gente te persigue”. “El presidente daba dinero a un diputado para lograr su apoyo, y tomaba ese dinero de los fondos públicos. De ese modo controlaba quién accedía al desarrollo y quién no. Si no le gustaba una comunidad, no la proveía y la cortaba del desarrollo. Esto fomentó la corrupción, corrompió el desarrollo”, prosigue. “Las organizaciones locales también se hicieron muy corruptas porque todos veían en ellas el camino al poder y, por tanto, a la riqueza”.



Wangari habla despacio, su voz es firme y profunda. Te mira a los ojos. Tiene una mirada de seguridad y confianza en sí misma, y, quizá por eso, una mirada que abraza, que no siente temor de acoger a quien la escucha porque no se siente amenazada. Curioso. Durante años, las fotos que publicaba la prensa keniana de Maathai la mostraban siempre enfadada, con el ceño fruncido, la boca abierta, en pleno grito. Uno espera encontrar a una persona hostil, distante, pero es todo lo contrario. No se asusta del contacto ni rehúye el saludo a la española, un beso en cada mejilla.



“En definitiva”, dice, “la pobreza se ha utilizado como un instrumento de gobierno. Mantenles pobres y los controlarás. Se puede comprar a votantes pobres. Por su ignorancia y su situación de penuria, hacen cosas que van en contra de sus intereses”. De ahí la importancia para Maathai de la educación cívica. “He intentado luchar contra la ignorancia. La gente es muy vulnerable si no recibe información. En el MCV, poco después de empezar a plantar árboles, comenzamos a celebrar seminarios. En ellos te preguntas los porqués de los problemas ambientales, y terminas por ver que muchos tienen que ver con un sistema corrupto y no democrático”.



Kenia funcionó con un sistema de partido único durante casi 30 años desde que se independizó del Reino Unido. Sólo en 1991 la presión internacional llevó a Daniel Arap Moi a permitir el multipartidismo, pero fue necesaria otra década para que una coalición de partidos opositores desalojara del poder al partido que había gobernado durante 39 años.



Como integrante de esa coalición, que lidera el actual presidente, Mwai Kibaki, Maathai salió diputada en 2002 y fue nombrada ministra adjunta de Medio Ambiente. Dice que ahora, como diputada, puede hacer leyes para mejorar la vida de la gente, mientras que antes, desde la sociedad civil, sólo podía intentar influir en ellas. “Me lo tomo muy en serio. Asisto religiosamente al Parlamento, escucho y participo activamente. Siempre me ha asombrado cuántos diputados no aparecen”. Y niega haber cambiado por el hecho de estar en el Gobierno. “Sigo siendo una activista, siempre lo he sido. La gente diferencia el activismo y la política. No entiendo ese sentido tan estrecho de lo político. Para mí, todo lo que hacemos y decimos es político, y si mostramos preocupación por cualquier aspecto de cómo somos gobernados, estamos expresando una opinión política”.



Para ella, prueba de que todo entra en el mismo puchero es la animadversión tan visceral que generó entre la clase política keniana su activismo. “Cuando empezamos, poca gente apreció el poder de lo que estábamos iniciando, el poder de las mujeres organizadas, aunque sea para plantar árboles. No veían el impacto que tendría en el país. Cuando eres mujer no te ven como una amenaza. Yo sólo era una loca plantando árboles. Pero a mediados de los años ochenta empezó a ser evidente que éramos un movimiento fuerte, y, en un sistema dictatorial y opresivo, a los políticos no les gusta la gente que se organiza porque siempre sospechan que esa organización va a ser usada contra sus intereses”.



Así que el MCV comenzó a ser saboteado, tachado de “subversivo”, y Maathai, demonizada. “Sé que infligir miedo es parte del control. Pero era sorprendente. Yo me preguntaba: ¿por qué se opondrán a que plantemos árboles? Nadie puede oponerse a eso. Resultaban ridículos. Yo no violaba ninguna ley, sólo estaba yendo al bosque”.



Según un informe de la ONU de 1989, sólo nueve árboles de cada 100 que eran talados en África estaban siendo replantados. En cuanto a Kenia, cuya cubierta forestal representa sólo un 2% del territorio, 90.000 hectáreas de superficie arbolada se perdieron entre 1990 y 2000, y el ritmo actual de pérdida de masa forestal se estima en 5.000 hectáreas cada año, de acuerdo con datos del Grupo de Silvicultura Keniano. Otra investigación reciente calcula en 3.000 los kilómetros cuadrados de tierra estatal adjudicados ilegalmente a promotores privados en los últimos 20 años, especialmente en épocas de campaña electoral. Hoy siguen en pie en muchas calles de Nairobi los carteles metálicos colocados por el MCV. “Basta a la apropiación de terrenos públicos”, rezan.



Kenia: destino turístico de ensueño, de bucólicos safaris, pero también la nación que llegó a ocupar durante la presidencia de Arap Moi el sexto puesto en la lista de países más corruptos del mundo. Así es el país de Wangari, ése es el contexto de su lucha. Y dos las campañas que la catapultaron al mito de rebelde con causa. En 1989, el Gobierno decidió construir un rascacielos de 62 pisos en el parque Uhuru, la única zona verde en el centro de la capital, y un lugar al que, los fines de semana, muchos habitantes de los abarrotados barrios marginales iban a pasar el día con sus familias. Wangari Maathai –“junto a muchos otros”, insiste ella– llevó a cabo una feroz campaña de oposición al proyecto que finalmente logró que fuera abandonado.



Eddah Gachukia, que era entonces diputada, cree que la campaña para salvar Uhuru “puso de relieve la cuestión de los derechos de los ciudadanos, el mensaje de 'no debes permitir que incluso la gente más poderosa pisotee tus derechos'. Creo que es la mayor contribución de Maathai a este país; no ya paralizar la construcción, sino demostrar a la gente que su poder es mucho mayor que cualquier otro poder; excepto el de Dios, claro”.



Vertistine Mbaya, profesora universitaria de bioquímica y miembro del MCV desde su fundación, añade que “en un momento en que a la gente le asustaba mucho saberse asociada con el bando equivocado, era encomiable ver a una persona que obedecía sistemáticamente sus principios”.



El bosque Karura fue otra plaza en la que se batió la fundadora del MCV. En este caso contra funcionarios del Gobierno que habían adjudicado a amigos y aliados políticos parte de los cuatro kilómetros cuadrados del bosque para construir mansiones de luego. El año 1998 corrió entre manifestaciones, protestas, cargas policiales, detenciones e incluso visitas al hospital. Pero lograron su objetivo.



Arap Moi la llamó “amenaza a la seguridad del Estado”. Otros la acusaron de “falaz” o de ser “sólo una divorciada”. “Quieren humillarte, avergonzarte y herirte para que te calles. Pero tengo una piel de elefante”, decía Maathai. Un diputado le advirtió de que si osaba poner el pie en su distrito la someterían a la ablación, una práctica que hace años que los kikuyu, a diferencia de otras tribus de Kenia, han dejado de practicar, con algunas excepciones en zonas rurales.



En los últimos días ha habido cierta controversia sobre la posición de Maathai al respecto, a raíz de unas declaraciones que hizo en 2001 al diario francés Le Monde en las que reconocía que la ablación estaba “en el corazón de la identidad de los kikuyu”. Pero la prensa keniana, experta en recoger sus declaraciones más polémicas, nunca ha publicado que ella fuera partidaria de la práctica. Y, contactada por EPS nada más recibir el Nobel, Maathai afirmó: “No tengo ni idea de dónde ha podido salir eso, todas las mujeres están en contra de la mutilación genital”.



Lo que está claro es que Maathai es conocida por sus exabruptos incendiarios. A un diputado llegó a espetarle: “Estoy harta de los hombres que son tan incompetentes que cada vez que se encienden porque una mujer les reta tienen necesidad de acudir al tema genital para reafirmarse. No estoy interesada en esa parte de la anatomía. Los asuntos de los que me ocupo requieren la utilización de la cabeza. Si usted no tiene nada en ella, déjeme en paz”.



Pese a sus logros, el MCV no ha completado su tarea, y los problemas ambientales de entonces siguen teniendo hoy vigencia. Pero, para muchos, el mayor impacto del movimiento, uno sin vuelta atrás, ha sido la sensación de poder que ha dado a mujeres ordinarias de las zonas rurales, que componen el 90% de sus miembros. “Hemos recorrido un largo camino”, dice Gachukia. “Venimos de una situación en la que las mujeres eran dependientes a otra en la que se apoyaban mutuamente. Ése es le principio del empoderamiento. Cuando rechazas la dependencia y te dices: tengo dos manos, puedo trabajar por mí misma; pero, aún más importante, puedo trabajar con otras”.



Cuando ganó el Nobel, Maathai afirmó que el premio era un reconocimiento a las mujeres africanas. “En general, las mujeres africanas necesitan liberarse del miedo y el silencio y saber que está bien ser fuerte”, opina. Ella considera que fue por delante de su tiempo y su sociedad, “y sabía que poca gente entendería lo que trataba de hacer. Sabía que tenía razón, pero también que hallaría oposición en todos los frentes”. Incluido el familiar.



A ese ir por delante de su época atribuye en parte el fracaso de su matrimonio. “Era un buen hombre, pero nos juntamos en el momento equivocado; ni la sociedad ni él estaban preparados para tratar a una mujer con mi formación y mi independencia de pensamiento. Tenía que demostrar que podía controlarme. Es una pena que sucumbiera a eso, pero muchos hombres se sienten amenazados por mujeres independientes, que son fuertes, que logran cosas por sí mismas. Lo vemos en todos sitios”.



Día 8 de octubre. Poseedora ya de más de 20 premios y tres doctorados honoríficos, Maathai es elegida entre 194 candidatos como premio Nobel de la Paz. Está eufórica. Por fin los periódicos la sacan soriendo. “El premio ha situado la conservación del medio ambiente, la democracia, el fortalecimiento de las comunidades y la paz ante los ojos del mundo”, dice en conferencia de prensa. Insiste en que muchos conflictos se libran por los recursos naturales, de modo que al trabajar por el desarrollo sostenible se trabaja por la paz, al tratar de eliminar las causas de los conflictos.



Una hoja escrita por las dos caras es distribuida con sus palabras, pero Maathai se salta su propio discurso y añade otros párrafos, con anécdotas, agradecimientos o ideas que posiblemente olvidó anotar, en la vorágnie que siguió al anuncio. “Trabajando juntas hemos demostrado que el desarrollo sostenible, la restauración ambiental, el gobierno ejemplar son posibles si los ciudadanos ordinarios están informados, sensibilizados, movilizados e implicados”, continúa.



Muy cerca anda su hija, Wanjira, de 32 años, coordinadora del MCV. “Ha habido momentos muy duros: recibir llamadas por la noche diciéndote que tu madre está en la cárcel…, pero también otros maravillosos”, dice. “Como hija no la veo del modo en que otros la ven. Somos buenas amigas. Para mí es muy abierta, tiene un gran sentido del humor, te ríes todo el rato con ella. No siempre fui consciente de su fuerza y su coraje. Lo he visto con más claridad en los últimos tres años que he trabajado con el MCV”.



Maathai no lamenta todos los obstáculos que se han puesto o ha puesto en su camino. “No me arrepiento del sufrimiento, el castigo o el sacrificio. Ni por un momento. Sé que es mi personalidad, el actuar según lo que creo. Es como soy; quizá sea idealista, pero si creo en algo, lucho por ello”.



Y concluye: “La experiencia me ha enseñado que servir a los otros tiene sus recompensas. Los seres humanos pasamos tanto tiempo acumulando, pisoteando, negando a otras personas. Y sin embargo, ¿quiénes son los que nos inspiran, incluso después de muertos? Quienes sirvieron a otros que no eran ellos mismos”.